
Capítulo I
Las madres de la historia
El desierto amarillo, interminable, agobiante y monótono fue la única imagen que mis ojos anotaron en la infancia.
La caravana se detuvo a un costado del pequeño oasis, donde otros beduinos habían ya montando sus carpas y descansaban noblemente custodiados por oscuros esclavos ataviados de manera extraordinaria. Sobre sus hombros desnudos, la luz solar, que llegaba a extremos de luminosidad incontenible a esa precisa hora del medio día. Hagar elevó sus intensos y oscuros ojos hacia el cielo. Recordó las excelsas aguas del Nilo, a esta hora en que rielan como hilos de oro. Hacía días que la marcha por el desierto agobiaba sus pies apenas calzados y su corazón desterrado para siempre. Pero no otra suerte cabía a una esclava que la de seguir los pasos y el destino de sus amos. Sus amos…Sabía que a pesar de los ruegos intensos de los anteriores días ante los tribunales de los dioses, pertenecería de aquí en más a Sarai. Ella determinaría el lugar y las mantas donde dormir, el sayo que la cubrirá, más que sus tareas, el mismísimo destino de cada uno de sus días.
La había visto llegar detrás del anciano patriarca hebreo, apenas vestida con ordinaria túnica, como todos los de la caravana, como despojos de las guerrillas aliadas contra los hititas, pero en ella hasta un saco de heno hubiera lucido extraordinario. Al contrario de las otras mujeres, altivez y esplendor en su semblante. Las sumisas mujeres que adornaban las escalinatas la habían observado con recelo. Entre ellas, Hagar, princesa y esclava.
Faraón ordenó inmediatamente levantaran sus rostros del suelo, con tirano gesto. Los aliados hebreos, que buscaban tierras en las cuales detenerse, habían ayudado en la expulsión de los cananeos, pero aún no era del todo suyo el valle, ni podría serlo sin la paga. Se los veía altivos en sus despojados semblantes, pero el hambre y el cansancio hacían mella en ellos. Ya sus ojos se habían detenido en Sarai. No esperó a los anuncios de los forasteros. Sus mensajeros lo tenían al tanto de todo. Sólo preguntó al Patriarca de quién era aquella mujer. Complacido por la respuesta, los invitó a descansar aquella noche en los jardines reales. Para estos vagabundos serían más que suficientes. Ya madurarían a las exquisiteces de la vida establecida cuando cubrieran el valle con nuevos sembrados. Pero por el momento, sólo sabían dormir sobre sacos rellenos de pellones, en el árido suelo. Más adelante, los hebreos pudieron armar sus propias tiendas y establos a orillas del precioso Nilo, sin más custodia que unos pocos soldados reales. Pero la hermana del Patriarca quedó en los salones de Faraón, detrás de los tupidos cortinados infranqueables, hacia los balcones blancos, los que se abren como flores de loto entre los jardines del río. Las esclavas debieron desnudarla y bañarla con leche, lijar sus manos y sus pies hasta suavizar los callos, frotar su erguida espalda cetrina y su negra cabellera hasta el cansancio. La revistieron de seda y oro, colgaron aros de sus lóbulos y satinaron sus ojos impasibles. Esa noche misma fue de Faraón.
Hagar mira el desierto con infinita nostalgia. Contiene las lágrimas. “No llores” parecen decir los recuerdos mientras los colosales monumentos funerarios se van borrando en un horizonte de arena. Cierra el velo sobre su cara, y recostada en el edredón de la tristeza, se apronta a dormir las horas de la oscuridad y los vientos, ella, que conoció la suavidad de las aguas, y la abundancia de los manjares, será la esclava más pobre de la más pobre de las tribus del desierto. Y de una mujer, de la bella Sarai, la mujer del Patriarca, por orden del poderoso Tutmosis, a quien no se le dice ni sí ni no, porque no se existe frente a él, sino como una prolongación de su voluntad.

En su primer encuentro, aún ninguna de las dos mujeres sabía que eran una para la otra. Sarai aún sentía ese oscuro terror que se apodera de uno, en presencia de Faraón. Había mirado de frente sus ojos remarcados con negras pinceladas, que la acechaban libidinosamente, tal como su marido había supuesto que ocurriría. Los enormes salones de mármol, uno tras otro separados por cortinados altísimos y volátiles, la luz que se filtraba entre ellos como una mirada que lo penetra todo, la vegetación de anchas hojas y desproporcionadas flores que poblaban las galerías, todo era tan majestuoso como intimidante. Dos cancerberos de atronador silencio la condujeron hasta la miríada de esclavas que se harían cargo de ella. Le parecieron todas igualmente bellas, como aquellas delgadas hojas de papiro. Pero ésta la había tomado de la mano para subirla a la artesa. Esa mano huesuda y morena, bañada por los sudores de la tarde, tan suave como el pellón de los corderos pero tan firme a pesar de su juventud, sobre la propia, blanca y callosa, herida por las agujas y reseca por el monótono ejercicio del escarde. Un escalofrío recorrió su ser. De la mano subieron ambas los tres escalones. Pero Sarai debió introducirse en la tina repleta de tibia leche caprina y Hagar, princesa y esclava, debió quedar afuera, sosteniendo por unos segundos a su señora, sintiendo asimismo, latir su corazón con el despecho y el miedo. Faraón la haría suya esa noche.
Sarai volvió a observarla desde la artesa, doblada como un junco, en tanto otra esclava le restregaba los pies con una piedrecita ardiente. Los rizos de su equina melena, desplegados entre los brazos adornados con anchas pulseras de cobre. Brazos que parecían sogas de esparto, tensos y fuertes, desmentían aquella aparente fragilidad de su finura de bailarina. Abocada a la tarea, guardaba silenciosamente, borrascas y tempestades, en su mudo ensimismamiento. Eso le pareció entrever en los carnosos labios apretados y la obsesiva seriedad con que la escoltaba. No sería fácil soportar sus obligadas atenciones. Pero era su esclava. (Eso pensó Sarai)
La turbulenta noche del desierto llegó con incontenibles aullidos de ferocidad. El viento arremolinado levantaba como torbellinos furiosos de arena y sombra. Parecía que mil rostros gigantes abrían sus bocas para tragarse la vida. En el secreto de la carpa, apenas a salvo de la naturaleza prodigiosa, el Patriarca mira, más allá de sus dilatados ojos, que han visto más de lo que el hombre debe ver, el debe y el haber de su arduo caminar.
Las fértiles tierras de los hijos de Cam, tan fértiles como inhóspitas, habían sido la meta del largo peregrinar. Así, por el amargo desierto que se niega, detrás de las montañas, se desplegaban, como las había visto en sueños, valle delicioso, esperando ser conquistadas como una novia. Tutmosis aliado, con sus carros y sus bravos guerreros sólo esperaba del Patriarca, montoneras y emboscadas, pero que resultaban útiles para enfurecer a los pragmáticos hurritas, tan florecientes, con su tráfico de cerámicas y bronces. En medio de las fragorosas batallas, su barba se había emblanquecido y aún no había un descendiente que continuara la lucha por conquistar el valle. Ese era el verdadero motivo del insomnio. Sus brazos comenzaban a enflaquecer y sus ojos a apagarse, pero Sarai, princesa, hermana y amante, esposa real y señora de su corazón, con veintisiete florecientes años, parecía dormida en el lecho de la fecundidad. Sarai, bella como la luna, amada y noble hija de mi padre, en ti descansan los sueños divinos, las ilusiones de un pueblo que ansía detenerse. Sarai, esposa seca como el desierto y apetecible como la miel, qué haré para no despedirte. Si tus ojos claros como la floración de los cedros que me fueron dados, no me miran, ya no tomaré la lanza ni la honda ni gritaré en la batalla confusa ni sacrificaré los últimos corderos a Elhoim. Sarai, bella como la luna del valle, eres aún más difícil de lograr que las tierras de los hijos de Cam y más altiva que las princesas egipcias.
El Patriarca recordaba con dolor, la cálida mañana en que entregó a Sarai al harén de Faraón. Su corazón se congelaba siguiendo los pasos de su hermana escoltada por los robustos eunucos, hasta borrarse la figura entre sus ojos colmados de lágrimas. Faraón, duro como los mármoles, no lo había visto llorar. Ni suponía que el aguerrido Patriarca, que había luchado cara a cara contra los horrorosos hurritas podía temblar de emoción. Es que aún no conocía a Sarai, tan bella como la luna del Líbano.
Esta noche de tormenta, refugiado en el pequeño oasis, el Patriarca revisa sus pérdidas y ganancias, pero su corazón no está tranquilo. Las luchas que han empobrecido a su pueblo, el ganado perdido en la larga peregrinación, el hambre que comienza a rondar como un lobo y rasga ya con sus gélidos colmillos hasta el tuétano de sus hombres, todo ha sido recompuesto por el poderoso Tutmosis, pero el valle de los cereales no se entrega a sus anhelos de estabilidad, ni había para qué, sin un primogénito. Parece que la tormenta corroe su corazón abierto a las llamaradas de la duda y la desesperanza.
Tutmosis, en cambio, hombre imbuido de poder, no conocía el temor. Sus pensamientos dirigidos a la conquista constante de territorios y pueblos, se extendían hacia el valle apetecido, como tentáculos de un dios octópodo. Siempre supo que el Patriarca era su aliado. Esa rústica sencillez del caminante, esa búsqueda peregrina de nuevas tierras para pastura del pobre ganado, esa imprevisión de herederos que no extendería su linaje más allá de unos pocos años, configuraban uno de sus brazos para atrapar la tierra amorrea. Promesas no faltarían ni ayuda de su parte.
Desde el altísimo trono, todo se veía tan insignificante, salvo sus ojos. Esos clarísimos ojos detenidos en la tristeza de la esterilidad. Esos ardientes ojos. Los de Sarai. Reina y pastora. La hermana del Patriarca. La elegida.
“De tus hombros nacen las arenas”, le había dicho. Él, el poderoso señor, había condescendido hasta las palabras. Las palabras son debilidad. Y son entrega. Pero veía detrás de esos curvos y sonrosados brazos, tendido como un manto de novia, hacia la lejanía, un camino de incontables estrellas, de infinitos granos de luz que se fundían en sus jardines y en sus cielos. Amanecía entre Faraón y Sarai, y había condescendido a decirle “de tus hombros nacen las arenas”. Sarai se había envuelto en su rústico manto, despreciando las sedas y los linos con que había sido revestida esa misma tarde, y se había alejado hacia los aposentos del harén. Una vez tendida en íntimo reposo, acomodó sus manos sobre el vientre y soñó una vez más.
Tutmosis comprendió con horror, que había poseído a la mujer del Patriarca, por sus nervios de dios humano, corrió el escalofrío de lo inasible. Tres días pasaron en que las nubes se acumularon sobre las soberbias columnas de su residencia, como oscuros presentimientos que agitaron sus cavilaciones. El Patriarca podría tener un hijo real, podría establecerse en el valle después de vencer las escabrosas tribus, podría ser un fiel aliado que custodiara sus posesiones territoriales, pero Elohim había sondeado su corazón, había visto detrás de los cortinados infranqueables, había hablado con su tormenta y su rayo.
Con gratitud, con horror, Tutmosis cargó de trigo las sacas de los hebreos, sus tinajas de agua del Nilo, sus mujeres y sus niños de finas vestiduras. Les entregó camellos para el camino, y más ganado del que nunca pudieron soñar.
“Vayan por su tierra prometida”. Llévate sus ojos y su vientre. Como manto de interminable fulgor, de sus hombros nacerán las arenas.
El oasis pequeño, se abre como un puño a la mañana del desierto. En su seno, ha pasado la noche de la historia. Fuente y palmar en la serenidad que despierta parecen cantar un salmo entre la cítara del viento- El misterio se cierra en el corazón de los siglos. Sólo un poeta mira desde lejos y parece comprender. Siente piedad. Presiente. Asume que los hombres somos apenas dioses de otro Dios, que nuestros monumentos son juguetes en el rio, que nuestras decisiones son recuerdos de la voluntad eterna. Y sospecha. Y escribe. Y deja que el espíritu del hombre abra caminos en la frágil espuma que trazó su pluma.
Los hebreos levantan las carpas. Suelen comer de pie, con el cayado en la mano, bien antes de partir. Saben que la jornada será tan larga como incierta.